La vida prolongada

El Correo (enlace) y Diario Vasco (enlace), 6/08/2023

 

Quienes se van haciendo mayores han visto cómo su condición se llena de circunloquios y eufemismos para no considerarla fastidiosa o para no fastidiarles. Nos referimos a la tercera edad, a los mayores, para no hablar de viejos o ancianos y la docencia para estas personas en la universidad se llama aula de la experiencia. A este paso los inconvenientes de tener más años acabarán considerándose una queja injustificada. ¿Cómo conseguimos que esos años de la nueva longevidad sean algo más que una vida meramente alargada? Hemos arrancado una prórroga a la biología, ahora nos toca ahora dotarla de sentido con la cultura.

 

Desde hace algunos años la humanidad se encuentra ante el insólito hecho de que la vida se ha alargado para cada vez más personas y esa nueva longevidad nos plantea también desafíos inéditos. Se podría decir que los seres humanos dedicamos la primera mitad de la vida a gestionar un tiempo escaso y la segunda a tratar de hacer algo con un tiempo excesivo. Todos pasaremos en algún momento a ser viejos, pero podemos retrasar en alguna medida la llegada de ese momento. La vejez es algo en parte inevitable y en parte objeto de una decisión. La edad hace cosas buenas y malas con nosotros, pero también nosotros podemos hacer algo bueno o malo con ella. Una vida solo prorrogada no es necesariamente una vida humana. El primer progreso de la civilización consistió en que no se murieran los niños, el segundo en que muriéramos de viejos y el tercero en que vivamos de viejos. Somos conscientes de que hay un espacio de tiempo al que todavía no hemos conseguido darle una adecuada calidad. Que el alargamiento de la vida no implique necesariamente una mejora de su calidad es una prueba de que la tecnología arregla la dimensión tecnológica de los problemas, pero nada más.

 

La Ilustración formuló el deber de la mayoría de edad y las políticas de la nueva longevidad se interrogan hoy acerca de qué hacer con la edad de la mayoría. Programas como la "Agenda Nagusi" del Gobierno Vasco son un ejemplo de reflexión y acción compartida para dotar de una mayor calidad a esa vida alargada. Hay que mejorar la salud de estas personas, pero también se deben poner en juego políticas de autonomía, culturales o educativas. Quisiera subrayar, entre los muchos retos que plantea la vida que se alarga, la necesidad de aprender y la convivencia entre las generaciones.

 

¿Cuál es la razón última de que a las personas mayores se les plantee el imperativo y el gozo de aprender? Esto es algo que no se ha dado con tanta intensidad en otros momentos de la historia y no solo porque haya que ocupar un tiempo sino debido a la misma naturaleza del conocimiento. Las generaciones anteriores han vivido en una estabilidad en virtud de la cual bastaba con envejecer para acumular un conocimiento que permitía entender cada vez mejor la realidad. Hoy vivimos en un mundo el la que cada vez hay menos cosas que están en continuidad con el pasado conocido. Cuando el filósofo inglés Edmund Burke decía que el gran educador era el tiempo estaba pensando en una sociedad que no era la nuestra, donde el paso de los años no acumula conocimiento sino problemas y no tenemos tiempo que perder. Con las disrupciones tecnológicas y culturales esto ya no es así y en muchas dimensiones de la vida el paso del tiempo disminuye nuestra comprensión de la realidad. Que a las personas mayores les invitemos a estudiar pone de manifiesto que, a diferencia de otras épocas, para convertirse en sabio ahora ya no basta simplemente con dejar pasar el tiempo. Si en las sociedades tradicionales la sabiduría era representada por un anciano barbudo, en las sociedades hipermodernas la mejor expresión de inteligencia es la versatilidad con la que aprende una niña a manejar un dispositivo tecnológico o a hablar una lengua, por ejemplo. Tan absurdo como el culto a la juventud es la veneración de la ancianidad: el paso de los años no nos hace, de manera inexorable, ni más inteligentes ni más desmemoriados. La edad es una cosa que nos da oportunidades para convertirla en flexibilidad o en rigidez; puede hacernos más conscientes de las limitaciones, puede ser un aprendizaje de la decepción, pero los años también aumentan el riesgo de que se consoliden nuestros prejuicios y nos instalemos en el resentimiento. La única receta contra los inconvenientes de la edad es estimular el deseo de aprender.

 

Otra gran consecuencia de la vida prolongada es el hecho, también insólito, de que puedan convivir en un mismo tiempo más de cuatro generaciones. Esta simultaneidad plantea unos desafíos a la gestión de la diversidad mayores que cualquier otra. Quienes pertenecen a generaciones distintas pueden tener preferencias e intereses mucho más heterogéneos que los de quienes forman parte de naciones, grupos o géneros. Lo que nos diferencia es el pasado y el futuro que tenemos. ¿Cómo hacer compatibles los derechos de los pensionistas y los de quienes buscan su primer trabajo cuando algunas medidas implicar una cierta priorización entre ellos? ¿Qué peso debe tener una protección del medio ambiente que interesa más a quienes más jóvenes son? ¿Hasta qué punto es legítimo lastrar el futuro con la deuda del presente? Conocemos mucho mejor lo que nos debemos las personas que los deberes entre las generaciones.

 

La nueva cuestión social va a consistir en cómo equilibrar los intereses de quienes viven en un mismo espacio pero con diferentes horizontes temporales y, por tanto, con intereses difícilmente compatibles cuando se trata de deuda pública, medio ambiente, infraestructuras o cargas sociales. La longevidad es un ámbito de nuevos problemas y oportunidades, de derechos y deberes sobre los que tenemos que debatir intensamente. Las decisiones, personales y colectivas, acerca de qué hacer con la vida prolongada han de ser adoptadas de acuerdo con los deberes transgeneracionales si es que queremos vivirla con la intensidad y justicia que se merece.

 

 

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