Un futuro incierto

El Correo/El Diario Vasco, 14/09/2016

 

No podemos saber cómo seremos en 2030 y para saber cómo seremos lo mejor es explicar por qué no lo podemos saber. No es esto un trabalenguas con el que confundir a nadie, ni pretendo escapar de la cuestión que se me ha planteado, sino que trato de defender tres hipótesis que me parecen plausibles:

 

1. El futuro es más difícil de conocer que nunca. En otros momentos de la historia uno podía suponer que las cosas cambiarían con el tiempo, pero no a la aceleración con la que lo hacen actualmente. Además, no había tantos factores que intervinieran en su presente, por lo que el grado de imprevisibilidad era relativamente pequeño y manejable.

 

2. La razón de esta dificultad de conocer el futuro tiene que ver con esa peculiar volatilidad que caracteriza el mundo en el que vivimos. No nos encontramos en medio de estructuras especialmente estables, lo que hacemos no se mantiene en el espacio delimitado y cualquier factor puede entrometerse en cualquier momento en nuestras vidas, como las pandemias, la inestabilidad financiera, un ataque terrorista, el cambio climático que no conoce tampoco fronteras, el espacio abierto de las redes sociales, la comunicación instantánea en la que parece no haber lugar para el secreto o la intimidad… Este panorama no es algo ocasional a lo que pronto sucederá un nuevo orden del mundo sino –en este punto sí que me atrevo a ejercer de profeta- un cierto desorden en el que tendremos que ir acostumbrándonos a vivir y gestionar sus peculiares incertidumbres. Casi nada está asegurado contra el desgaste y protegido definitivamente frente a la intemperie en la que vamos a tener que vivir. Y eso explica muchos de los malestares de esta sociedad, incluidas las reacciones menos razonables.

 

3. Todo esto no es una excusa para abandonarse resignadamente ante este nuevo destino o justificar a la improvisación, sino un estímulo para mejorar nuestros instrumentos de anticipación y estrategia. Precisamente porque tenemos muy pocas seguridades acerca de lo que nos espera estamos obligados a esforzarnos para anticiparlo. Nuestras democracias se agotan en una agitación improductiva e incapaz de llevar a cambio las transformaciones que la sociedad necesita. Si mantenemos el ideal de una convivencia regida por los valores de la justicia, entre los vivos y con las generaciones venideras, hemos de preguntarnos por los efectos en el futuro de aquello que hacemos en el presente y si les vamos a dejar una sociedad equilibrada y justa, un medio ambiente sano y un sistema de protección sostenible. No nos preguntemos tanto cómo será el mundo en 2030 sino qué consecuencias tendrá entonces lo que estamos haciendo ahora.

 

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