¿Podremos?

El Diario Vasco/El Correo, 01/03/2015

 

Será que la duración de la crisis incrementa nuestro desafecto hacia lo ya conocido y a preferir cualquier cosa con tal de que sea desconocida, o que la lógica de la moda —que hace caducar a las cosas y nos incita a sobrevalorar lo nuevo— se ha extendido invasoramente hacia todos los campos, el de la política incluído, lo cierto es que también la política se ha convertido en un carrusel en el que el valor principal es la novedad y la peor condena consiste en ser percibido como antiguo. El calificativo de nuevo o viejo se ha convertido en el argumento político fundamental. En unas épocas se trataba del combaté enfático entre revolucionarios e integristas, luego suavizado con el que libraban progresistas y conservadores, después vino el suave desprecio que se procesaban los modernos y los clásicos, ahora transformado, de manera genérica y un tanto banal, entre lo viejo y lo nuevo.

 

Este es el contexto en el que irrumpe Podemos, cuyo principal valor es su virginidad política, aunque algunos lo estén buscando en otra cosa, ya sea para explicar su encanto a partir de alguna idea especialmente brillante o para denigrarlos por falta de programa, operaciones ambas que no explican nada. Decía el sociólogo Durkheim que cuando la gente se marea porque ve sangre no hay que pensar en qué propiedades tendrá la sangre para producir esos efectos, sino qué le pasa a la gente que se marea. Tampoco nosotros deberíamos dirigir la mirada a lo que parece resultar tan seductor, sino a quienes se dejan seducir por algo cuyo valor es la carencia de pasado, su escasez de programa, sus discursos genéricos y cada vez con menos aristas, de los que incluso no se sabe todavía si van a presentarse a las próximas elecciones. Algo nos está pasando —y el mediocre comportamiento de los partidos tradicionales no es ajeno a ello— para que haya tanta gente dispuesta a acudir a una cita a ciegas.

 

Quien tenga un mínima memoria histórica recordará cómo, especialmente en una sociedad tan vertiginosa como la nuestra, lo de hacerse el moderno termina pronto —cada vez más pronto—  convirtiéndose en algo antiguo y lo que parecía viejo resiste o reaparece. Pero también hemos visto infinidad de veces que los renovadores cometen viejos errores, a veces con mayor obstinación porque se creían a salvo de ellos. Algunos procedimientos de Podemos para elegir a sus representantes o su modo de ejercer el liderazgo han sido tan poco innovadores como su apelación al juicio de los expertos o la manera de defenderse de las sospechas de corrupción. Y da la impresión de que en el fondo aspiran a algo muy parecido al viejo bipartidismio (eso sí, con distintos protagonistas). A cualquiera que repase la historia política reciente y pase la lista de los renovadores, rupturistas, vanguardias y modernos de diverso pelaje no le costará demasiado reconocer que, junto a valiosas aportaciones, han reeditado algunas viejas miserias. A todo lo que se presenta como nuevo y se hace valer como tal le asalta la amenaza de envejecer; no hay novedad que no pueda anquilosarse.

 

La operación de ordenar el mundo trasladando unas cosas al cajón de lo viejo y exhibiendo a otras en el escaparate de lo nuevo lleva consigo el peligro de que el curso posterior de la historia le quite a uno la razón. Esto no debería retraernos de aventurar alguna hipótesis acerca de cómo van a evolucionar las cosas. Pero nos obliga a ser cautos antes de enterrar definitivamente lo que parece debilitado o anunciar la llegada de algo que podría terminar pasando de largo o convirtiéndose en un episodio pasajero. ¿Quién sabe, tratándose de fenómenos sociales y políticos, si estamos en un funeral o en un bautizo, es decir, ante un ciclo, una tendencia, una reposición o un giro de la historia? Del mismo modo que no hubo una decisión en virtud de la cual nuestros antepasados acordaron en un momento determinado abandonar la edad de piedra y adentrarse en la de hierro, como tampoco estaban en condiciones de reconocer ese cambio de época, la tarea de enterradores y comadronas de la historia no corresponde nunca a los contemporáneos sino a los historiadores futuros. En el mundo de la política todo es, como decía Raimond Aron de las ideologías, “anticipaciones que esperan el juicio del tiempo". Serán otros los que, en el futuro, tendrán una mejor perspectiva para establecer qué fue lo nuevo y lo viejo en una época histórica anterior.

 

Hemos de determinar qué es lo nuevo y lo viejo —en relación con los sujetos que hacen la política— en la era de las redes, con sociedades activas, responsabilidades globales y problemas más complejos. ¿Cómo repartimos nuevamente el juego entre la gente, los expertos, los partidos, el pueblo y los movimientos sociales? La intensidad de nuestros debates políticos obedece, en última instancia, a que vivimos en un momento en el que se está procediendo a una redistribución de la autoridad política, entre los niveles de gobierno, con pretensiones de competencia diferentes, representaciones contestadas e identificaciones difíciles de ordenar. No tiene nada de extraño que esta redistribución produzca una especial perplejidad y desorientación, ni que se realice en medio de intensas discusiones.

 

Hagamos nuestros juicios y nuestras apuestas, pero sabiendo que el futuro puede darnos la razón o desmentirnos rotundamente. Entonces veremos cuánto hay de nuevo en lo viejo y de antiguo en lo moderno, qué hay de oportunismo y de oportunidad en lo que irrumpe en el presente, cómo resiste lo establecido y hasta qué punto es capaz de adaptarse a las nuevas circunstancias, en definitiva: si podemos o no y en qué medida.

Instituto de Gobernanza Democrática
Instituto de Gobernanza Democrática
Libros
Libros
RSS a Opinión
RSS a Opinión